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09 de Octubre de 2011
EL ALMACEN Y LA YAPA
Se celebro, el 16 de septiembre, el día del
almacenero en todo el país. En estos tiempos que corren,
donde muchos almacenes fueron devorados por
los supermercados y otros se reciclaron en autoservicios
perdiendo su espíritu de almacén, es bueno reflexionar
sobre este noble comercio que acompañó, y
en cierta medida aún sigue acompañando a la familia
argentina. El almacén fue algo más que un comercio
donde comprar los comestibles y demás enseres necesarios
para la vida doméstica. El almacén fue el lugar
de encuentro del barrio, el sitio donde íbamos a
intercambiar ideas, afectos, problemas y soluciones a
la vida diaria. El almacén marcó la identidad de los
barrios. ¿Quién no se sintió identificado con el almacén
de su esquina, de su cuadra, de su barrio? El
almacén se caracterizó por ser un lugar a donde se
disfrutaba ir, en donde se respiraba un olor especial,
un olor a especias, aromas de embutidos, una serie
de olores que confluían en un único y agradable olor
que solo se podía apreciar en un viejo almacén. El
almacén y la “libreta” donde nos anotaban lo que llevábamos
y pagaríamos a fin de mes, esa libreta basada
en la confianza mutua, sin firmas, sin garantías, sin
documentos de por medio. El almacén donde recibíamos
“la yapa”, ¿se acuerdan de “la yapa”, palabra
quechua, que significa “añadir”? Esta vida moderna y
automatizada nos quitó cosas tan saludables como la
yapa. La yapa era un vínculo de agradecimiento por
la fidelidad del cliente para con el comercio (no solo
en el almacén se daba la yapa, también se cumplía
con esta sana costumbre en el mercado, la carnicería
y hasta en la librería, que entregaba unos caramelos
en agradecimiento de la compra). El almacenero, en
retribución a la fidelidad del cliente, entregaba en cada
compra la yapa, esta consistía en unos gramos de
mas cuando despachaba productos sueltos que se
vendían al peso; en unas galletitas o unos caramelos,
en una verdurita, etc. Hoy la balanzas son electrónicas y se
cobra hasta el último gramo ya que la misma balanza calcula
el precio justo, antes las balanzas eran de aguja y, si bien
pesaban exacto, el almacenero –de yapa- ponía algunos
gramos de mas y nos decía: “esto va de yapa”. Recuerdo, y
nunca lo voy a olvidar, cuando iba a comprar galletitas sueltas
al almacén de mi barrio -la Despensa “La Constancia”
de Scoltore hermanos- que estaba en la esquina de mi casa
y era atendida por Juan y José Scoltore. Les pedía cuarto
kilo de galletitas sueltas y Don José abría la lata (con vidrio
redondo por donde se podían ver las galletitas bien ordenaditas),
colocaba un paquete de papel madera sobre la balanza
y con una pinza agarraba las galletitas y las iba colocando
en el paquete, cuando llegaba al peso indicado Don
José agregaba algunas galletitas mas y me decía: “estas
van de yapa”. Volvía a mi casa contento, llevando las galletitas
frescas y sabrosas sacadas de las latas de chapa con
vidrio redondo, y despachadas en un envase de papel
(biodegradable) y, por supuesto, con yapa. ¿Quedará alguna
despensa, algún almacén de barrio donde aún se practique
esa sana costumbre de “la yapa”?, ¿sabrán los menores
de 30 años que era “la yapa”? ¿Se animará algún
almacenero actual a revivir la yapa?. ¿Por qué no? Seguramente
más de un comerciante estará de acuerdo en volver
a esas cosas buenas que vaya a saber por qué “las mató el
tiempo y la ausencia” como bien lo afirma Don Juan Manuel
Serrat. En el Día del Almacenero vaya mi recuerdo y homenaje
a la Despensa “la Constancia” de los hermanos José,
Juan y Florencio Scoltore; al Almacén de Api y a la Despensa
“La Blanquita”; comercios adonde disfrutaba ir, comercios
de los que aún recuerdo claramente sus olores, sus
ricos aromas. Y vaya también mi homenaje a esos almacenes
actuales, que si bien tiene formato de “autoservicio”
conservan algo de la esencia de los viejos y queridos almacenes.
Fuente: Noticias de Saladillo